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Sobrevolando mis anhelos y melancolías

Los ojos de mi alma trasplantada buscan el espejo semántico de mil palabras, donde refractar sus deseos más profundos. Entonces, el cóndor andino me abre sus alas de libertad y remonta, conmigo a cuestas, los cielos y parajes infinitos de la patria amada.

 

Chile es ya -desde lo alto-, un bastón ornado de anhelos y melancolías. La ‘puerta del norte’ me enseña el manto cuadriculado de sus calles bullentes; el lunar histórico con la tricolor flameando henchida de dignidad.

 

Más al sur, el Iquique moderno (iki iki o lugar de sueños y descanso, en aimara), que aún llora su caliche; la Escuela Santa María sangra su vergüenza, ante el recuerdo luctuoso de las flores que la explotación ignominiosa arrancó al jardín obrero de mi pueblo.

Pampa, salitreras abandonadas, el mar océano bajo mis ojos. Cóndor avanza y desciende veloz, atraviesa la bóveda pétrea de La Portada (ventana de azul inmensidad…) y mi alma se estremece: ¡Antofagasta ya no duerme!; es vida pura de metal, de pescadores artesanales madrugando por la sobrevivencia! Antofagasta, enciclopedia fraguada en el esfuerzo. ¡Vuelvo a tener veinte años al contemplar las aulas de mi Universidad Católica del Norte…!

 

Cóndor se eleva vertical y fugitivo. Chuquicamata emerge cual gigantesca tortuga de cobre: el pan de la patria dice ¡presente! al mirar nostálgico de mis ojos alucinados. Luego, otro golpe a la emoción. San Pedro de Atacama, el Valle de la luna, el Valle de Copiapó…, remansos cósmicos donde manos siderales moldearon la belleza.

De pronto, sobre Copiapó, mi hermano alado se detiene abruptamente: ha percibido el himno inconfundible que trae a mis oídos las voces amadas de la familia, los amores de antaño, los amigos de aquí y del Más Allá. Se cierra mi garganta y mi corazón enloquece, porque Atacama es tierra de mineros pirquineros, que respiran la muerte en bocanadas de sangre y explotación.

 

Más adelante, el bastón de mi patria muestra la simetría verde de los viñedos fecundos (aunque para el pueblo son las uvas del mal), la blanca estatura de sus volcanes dormidos, la placidez multiforme de sus lagos e islas de ensueño y los bosques variopintos con que la naturaleza bendice al hombre que la respeta, haciéndola compañera de su vida cotidiana.

 

En nuestro vuelo anhelante, hemos llegado a la zona austral, donde el viento de Tierra del Fuego esparce sobre la pradera inacabable sus mitos y leyendas, la misma tierra en que hombre, ovino y potro forman un triángulo de chilenidad muchas veces ignorado.

Y más al sur, cuando la mirada se rinde a la distancia, el bastón tropieza con la unión de los dos océanos. Después, parece que los sueños verdes se terminan, para iniciar otro, aquel que brilla en la colosal blancura de la Antártica chilena. Pero, el hermano cóndor sabe que la soberanía de la patria no acaba en el continente. Sin preguntar ni pedir reposo, gira hacia el noroeste, y después de un vuelo entre nubes, vientos y gaviotas perdidas, el archipiélago de Juan Fernández se dibuja en el océano, con pinceles que vencen a la adversidad.

 

Y llega el momento del esfuerzo postrero. Las alas de mi compatriota – carroñero noble, no político profesional- vuelan hacia el ‘ombligo del mundo’, como dicen: Ahí está Rapa-Nui (isla grande, en lengua rapanui), gallarda y meditativa, consciente de un olvido inmerecido (excepto en tiempos electorales), respirando sus heridas ancestrales. La mirada silente de los moais es el reflejo palmario de una tierra que reclama su cordón de plata a la madre continental. Isla de Pascua, belleza sublime que también acaricia mi rugosa profundidad nostálgica.

 

Es el momento de volver. Cóndor amigo comprende mi tristeza. Por su forma de mirarme, sabe que soy un trasplantado, un grano de sueños que necesita su tierra para volver a germinar. Por eso me abre sus alas poderosas y despega el vuelo hacia oriente. Como el retorno suele ser menos abrupto que la partida, antes que las brasas de mis anhelos y añoranzas se apagaran, el hermano cóndor, que luce un collar de poeta, desciende para que yo despierte con el poema aromático de las chirimoyas de Quillota.

 

Es que mi patria también es danza, cueca y poesía. Sí, en mi próximo vuelo traeré conmigo las valijas…

Nilson Zepeda Donoso

Boston, Julio 1993

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Editorial Senda - Senda Förlag Stockholm

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