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Edmundo Moure en España: El incierto futuro de la lengua galega

Se deben establecer bases reales y perdurables de colaboración mutua y paritaria, sobre todo ante la actual realidad europea de los países mejor dispuestos para ello, esto es lograr un estatus bilingüista o trilingüista o plurilingüista, en donde el idioma vernáculo, el que lleva el hálito Goethiano de la Patria, sea capaz de mantener su prerrogativa cosmogónica y ontológica.

Por Edmundo Moure Rojas

Publicado el 20.9.2021

 

Un paso adelante y otro atrás

Cada cierto tiempo, se encienden las alarmas; no siempre ocurre en Galicia, puede ser en Madrid, en otro país de Europa, incluso en la Iberoamérica de la emigración, en los vastos territorios de la diáspora.

Estoy en Barcelona, por primera vez y luego de nueve viajes a España. Revisando algunas crónicas periodísticas sobre la lengua gallega, guardadas en mi PC, me encuentro con un inquietante artículo de Sonia Vizoso, publicado en 29 de diciembre de 2019, en A Coruña, bajo el título “Alerta lingüística en Galicia: los niños y jóvenes pierden el gallego”; como subtítulo o avance de tópico: “Familias, profesorado e instituciones culpan de la pérdida de hablantes a prejuicios y restricciones en la escuela y el mundo digital”. El primer párrafo hace resurgir en mí el viejo desasosiego:

La lengua gallega está atrapada en una paradoja. Tras resistir a 40 años de marginación y desprecio durante la dictadura, encara una preocupante crisis cuatro décadas después de que la democracia le abriera las puertas de la escuela y las instituciones. Los estudios sociolingüísticos alertan de que la transmisión a los niños del que aún hoy es el idioma más hablado en Galicia se está rompiendo. ‘La lengua necesita una alimentación diaria para sobrevivir, y lo que ha ocurrido es que los padres han dejado de hablarles en gallego a sus hijos’, opina Pilar Ponte, profesora en secundaria con casi 20 años de experiencia y premiada por sus innovadoras iniciativas para la normalización lingüística.

Y ya que estamos en Cataluña, podemos colegir que la gran diferencia histórica y de uso, entre el catalán y el gallego, es que la lengua catalana siempre fue hablada y escrita por las capas medias (burguesía, artesanos y profesionales), y por la clase trabajadora, sin complejos; en cambio, la lengua gallega fue empleada —lo sigue siendo— por el pueblo campesino y marineros, mientras las clases medias y altas prefirieron el castellano y aceptaron su dominación de uso público y documentario.

En muy pocos hogares de la burguesía acomodada o modesta o “aspiracional”, como se dice ahora, se hablaba el gallego. La lengua de Rosalía quedaba supeditada a la servidumbre y los estratos más bajos de la sociedad.

De hecho, en casa de la Poeta del Sar y su esposo, Manuel Murguía, no se hablaba en gallego. Rosalía va a «descubrir» la dimensión poética y expresiva de la lengua gallega a través de su naiciña labriega, la mujer campesina que le diera «o leite dos seus peitos e o mel da súa lingua».

Con estos elementos, Rosalía construye Cantares gallegos (non Galegos), en 1863, e inaugura el «Rexurdimento», iniciando un periodo de recuperación del idioma, sobre todo literario, que será abruptamente clausurado, en 1936, por la dictadura militar y eclesiástica de Franco.

No obstante esta extraordinaria recuperación, en la que podemos incluir poetas, escritores e investigadores notables que continúan la obra rosaliana, culminándola, en su primer gran envión, con la Xeración Nós, la lengua gallega seguirá sumida en la diglosia (deterioro y menoscabo producido en una lengua por la presión de otra con mayor rango oficial).

Así, cuando en 1906 se funda la Real Academia Galega —como bien recuerda el maestro Xesús Alonso Montero—, su presidente, Manuel Murguía, marido de Rosalía, historiador y ensayista, pronuncia el discurso inaugural en castellano, y la mayoría de los aportes fundacionales e investigativos de sus adelantados se escriben y editan en castellano.

Esto es parte del «auto-odio», fenómeno sociológico aun presente en la idiosincrasia gallega. Esto se traduce en aceptar, de modo explícito o subrepticio, que la lengua madre no es la adecuada para registrar y expresar el mundo del trabajo y la cultura.

 

Una guerra entre idiomas

Cataluña es el caso opuesto.

La burguesía catalana —de centro, derecha o izquierda— utiliza su lengua madre como base expresiva y de comunicación, sin complejos ni vacilaciones.

Ahora bien, el hecho de que la lengua gallega haya pervivido y aún se mantenga vigente entre campesinos y marineros, en el seno de los hogares proletarios, alentada por las mujeres, en la figura leal de la aboa, la nai, la naiciña, la irmá, resulta un auténtico prodigio social, quizá la herencia imperecedera de Rosalía grabada a fuego (lume do lar) en los genes de la mayor parte de galegas e galegos espallados polo mundo adiante.

Esto, pese a las titubeantes políticas lingüísticas de los sucesivos gobiernos de la Autonomía Gallega, que se niegan a implementar el proceso de inmersión lingüística, esto es, impartir todas las asignaturas de la enseñanza media en gallego, tanto en escuelas públicas como en institutos privados. De lo contrario, el castellano seguirá agudizando el proceso de depuración de la lengua gallega.

El prestigioso escritor Víctor Freixanes, presidente de la Real Academia Galega, narrador de fuste, en una interesante conferencia, proferida a estudiantes universitarios, tocó un punto interesante y muy actual respecto al debate lingüístico en Galicia.

Afirmó que no se trata de una «guerra entre idiomas», como algunos parecen sustentar, sino de acceder a una convivencia armónica de las dos lenguas que perviven en Galicia, quizá históricamente en la imagen, algo caricaturesca, de un matrimonio «mal avenido», pese a la longevidad de la relación.

En efecto, no es que una de las partes —en este caso, el castellano como patriarca dominante— aplaste a la otra —el Gallego, en su honda faceta de matriz femenina—, negándole espacios de convivencia, limitando sus esferas de acción y deteriorando sus formas naturales o menoscabándola, hacia una diglosia aún mayor que la padecida a lo largo de diez siglos, sino de establecer bases reales y perdurables de colaboración mutua y paritaria, sobre todo ante la actual realidad lingüística europea de los países mejor dispuestos, esto es, un estatus bilingüista o trilingüista o plurilingüista, en donde el idioma vernáculo, el que lleva el hálito Goethiano de la Patria, mantiene su prerrogativa cosmogónica y ontológica.

Sin embargo, el asunto no es dejar una simple o supuesta «libertad de elección» a los «clientes»; en este caso los padres o apoderados de niños y jóvenes, que pueden optar «libremente» entre la enseñanza alternativa, de una u otra lengua, para el currículo programático educativo de los escolares tutelados.

Se parte de una base o estatus de falsa igualdad, pues el castellano (español, según prosapia planetaria imperial), está en una posición real de poder difusor público y de estimación social, de dos tercios contra uno, respecto del Gallego.

Por lo tanto, para lograr, en un mediano plazo (10 o 20 años) el relativo y no menos utópico equilibrio, cuando no un acercamiento real de posiciones, resulta indispensable un proceso de inmersión lingüística, sustentado e implementado por el gobierno autonómico, como parte esencial de su política de normalización lingüística.

Esto está muy lejos, al parecer, de llevarse a cabo, pues la «castellanización» imperante en los espacios institucionales y en el uso cotidiano comunitario, viene siendo una tendencia avasalladora y sin vuelta atrás.

Así nos lo comentaban, hace veintidós años atrás, en el curso de verano de lengua y cultura gallega, nuestros amigos, académicos y maestros, Maricarmen Pazos, Xesús Domínguez y Manuel González.

Y vuelve a fustigarnos la voz de Sonia Vizoso, esta vez con asertos, al parecer, irrefutables:

Entidades y organizaciones de profesores y padres habían advertido en 2010 de que el modelo escolar implantado ese año por el Gobierno autonómico del PP ponía en riesgo el mantenimiento del idioma entre los más pequeños, que ya lanzaba señales de debilitamiento. Alberto Núñez Feijóo, abandonando la senda marcada por Manuel Fraga, decidió retirar la prioridad al gallego en las aulas. Estableció que su uso fuese exactamente igual al castellano, marcó unas asignaturas concretas para cada lengua excluyendo el idioma propio de ciertas materias como las matemáticas o la física y suprimió los programas voluntarios de inmersión lingüística en Educación Infantil para niños de entornos castellanohablantes. El porcentaje de chavales que nunca habla en gallego se ha disparado 15 puntos en una década, del 29% al 44%.

Dos décadas y algo más de aquel curso luminoso de julio de 1999, nos hacen recordar, con dolorida nostalgia, los versos, tan pesimistas como elocuentes, del hondo poeta, Xosé María Díaz Castro:

Galiza, un paso adiante/ i outro atrás/… Aran os bois e chove…

 

***

Edmundo Moure Rojas, escritor, poeta y cronista, asumió como presidente titular de la Sociedad de Escritores de Chile (Sech) en 1989, luego del mandato democrático de Poli Délano, y además fue el gestor y fundador del Centro de Estudios Gallegos en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Santiago de Chile, casa de estudios superiores en la cual ejerció durante once años la cátedra de «Lingua e Cultura Galegas».

Ha publicado veinticuatro libros, dieciocho en Sudamérica y seis de ellos en Europa. En 1997 obtuvo en España un primer premio por su ensayo Chiloé y Galicia, confines mágicos. Su último título puesto en circulación es el volumen de crónicas Memorias transeúntes.

En la actualidad ejerce como director titular y responsable del Diario Cine y Literatura

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Editorial Senda - Senda Förlag Stockholm

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